miércoles, 31 de mayo de 2017

NI OLVIDO NI IMPUNIDAD
















REFLEXIONES ÉTICAS SOBRE UNA MARCHA




Gonzalo Gamio Gehri[ 1]





1.- Un hecho polémico.

Hace unas semanas una noticia llamó severamente la atención de la opinión pública. El MOVADEF – agrupación que opera como brazo político de la organización terrorista Sendero Luminoso – realizó una marcha con ocasión del día del Trabajo en Lima. La movilización incluyó la exhibición de una pancartas con el retrato de los miembros de la cúpula de Sendero Luminoso, cuya excarcelación reclamaban recurriendo a una idea espuria de ‘reconciliación’. Al ser interrogados sobre el propósito de esta manifestación, uno de los dirigentes de este movimiento señaló extrañamente que ésta buscaba únicamente  reivindicar “los intereses históricos de la clase obrera”.

El evento desencadenó la indignación de un sector importante de nuestra “clase política”, que consideró que el gobierno no había tomado las medidas adecuadas para prevenir esta manifestación, o quizá interrumpirla una vez iniciada. El fujimorismo insiste hoy en interpelar al ministro del interior a causa de esta situación. Muchos políticos, periodistas y abogados indican que los integrantes del MOVADEF que participaron en esta marcha incurrieron en el delito de apología del terrorismo; otros aseveran que tales acciones no corresponden específicamente a lo que establece la ley, y se han propuesto modificarla. Los medios de comunicación han cubierto la noticia poniendo énfasis en el lamentable espectáculo de los manifestantes enarbolando pancartas con las fotos de los líderes senderistas, y a su lado, presentar a policías vigilando que el evento se desarrolle con orden y normalidad. Se ha explotado el escándalo, y se ha soslayado la tarea de confrontar políticamente a este cuestionable movimiento.

Existen importantes cuestiones de principio que es preciso considerar con cuidado, pues atañen a la ética que subyace a una cultura política específicamente republicana. La estrategia legal punitiva contra MOVADEF no puede ser el núcleo de la lucha contra esta clase de integrismo ideológico y su condenable difusión en nuestra sociedad. Es cierto que debemos estar alertas frente a cualquier forma de apología del delito, y que el Estado debe contar con una estrategia de inteligencia policial que sea eficiente en la medida en que pueda realizar un seguimiento adecuado de las acciones de estos grupos que evidentemente tienen conexiones con las organizaciones terroristas. También es pertinente hacer ajustes a la ley, para prevenir y combatir cualquier forma de incitación a la violencia. Pero creo que estamos dejando de lado dos asuntos importantes en este debate sobre qué hacer con colectivos como MOVADEF. Es preciso no perder de vista que la lucha contra estos movimientos se enmarca en la lucha por fortalecer y preservar el sistema democrático en el Perú.

2.- Dos desafíos morales y políticos. La lucha intelectual contra el integrismo ideológico y el proceso de rememoración de la violencia vivida.

Se trata de una lucha política que posee un trasfondo ético muy claro. Defender la democracia supone reivindicar una forma de vida en común basada en el cultivo de un conjunto de derechos universales y libertades sustanciales que no son susceptibles de negociación. El derecho a llevar una vida tranquila y segura – sin violencia -, el derecho a expresar libremente el propio pensamiento en el marco de una sociedad abierta a una pluralidad de ideas y valores, y tantos otros derechos fundamentales. Es evidente que los grupos terroristas y sus organismos de fachada no comparten aquel trasfondo de sentido. Lo hemos vivido, ellos practicaron una ideología totalitaria que estigmatizaba toda forma de desacuerdo. Ellos cometieron terribles crímenes contra los derechos humanos en el contexto del conflicto armado más cruento de nuestra historia republicana; el Informe Final de  la Comisión de la Verdad y Reconciliación, así como otras investigaciones, han documentado estos hechos con rigor y detalle.

He señalado que enfrentar eficazmente a MOVADEF implica considerar dos asuntos de una particular significación para la defensa de la democracia. El primero es combatir intelectual y políticamente a MOVADEF, tanto en los espacios públicos como en las universidades. Esta clase de movimientos han encontrado una inquietante recepción en un sector de la juventud peruana que no cuenta con información rigurosa acerca de lo sucedido durante el conflicto armado interno. Esta grave situación es consecuencia de la indiferencia del Estado y de los actores políticos frente a las tareas de recuperación pública de la memoria; también es un efecto de la desidia de los partidos políticos ante la posibilidad de presentar batalla ideológica a grupos como el MOVADEF. Es cierto que en más de un sentido esta responsabilidad alcanza a toda la ciudadanía – que no puede mantenerse al margen de esta grave circunstancia -, pero compromete directamente a las organizaciones de nuestro sistema político.

MOVADEF plantea el imperio de una ideología fundamentalista y totalitaria, que rinde culto a la personalidad de un líder y que desarrolla una estrategia de acción que distingue entre fases de “trabajo político” y de “guerra popular” a partir de una presunta “lectura de la historia”, una concepción determinista y dogmática de las sociedades que no cuenta con un sustento conceptual ni empírico consistente. Ninguna de tales presuposiciones es compatible con el espíritu de la democracia. El cuidado del pensamiento crítico y el respeto por la diversidad son bienes fundamentales para un régimen libre. Este tipo de argumentos deben interrogar y desenmascarar el ideario autoritario de este y otros grupos extremistas. El debate público sobre estos problemas – y sus consecuencias para nuestras instituciones – resulta crucial para nosotros.

Este debate requiere de la presencia de los partidos políticos, aunque no sólo ellos. Los partidos han abandonado hace tiempo las tareas de formación intelectual de sus militantes, y han perdido presencia en los movimientos estudiantiles. Se han convertido en cascarones o vientres de alquiler para los proyectos electorales de individuos o grupos particulares de interés. Difícilmente en esa condición podrán convertirse en alternativas a programas sectarios como los de MOVADEF y otros. Los intelectuales y los estudiantes tienen asimismo una responsabilidad especial en esta lucha de ideas; ellos han de vindicar el lugar central del argumento y la evidencia en el debate público y académico. Han de procurar preservar la institución universitaria como un reducto de investigación y pensamiento, un escenario que rechaza el mero recurso a dogmas y slogas sin contenido racional. Otras instituciones de la sociedad civil, como los sindicatos, los colegios profesionales y las ONG, pueden convertirse en espacios de deliberación sobre lo que es justo y convergente con un ethos democrático.

Alguien podrá alegar que esta discusión se tornará estéril, porque el espíritu del MOVADEF y organizaciones similares, sedientas de ortodoxia, no podrán ser persuadidos por el mejor argumento. Es cierto que quien no es sensible al trabajo del diálogo no será capaz de escuchar y modificar sus convicciones, pero esta clase de debate público es para beneficio de toda la sociedad, que debe ser testigo de la debilidad del modelo de justicia y de comunidad política que exhiben grupos integristas como MOVADEF. La sociedad peruana debe reconocer las razones que hacen que Sendero Luminoso y sus defensores representen opciones de muerte y supresión de las libertades para los ciudadanos. Este debate cumple un rol tanto pedagógico como ético-político.

El segundo asunto relevante tiene que ver con la significación del proceso de  esclarecimiento de la memoria como un elemento básico de la construcción de la justicia en una genuina democracia. El MOVADEF propone una amnistía general para las personas involucradas en los crímenes cometidos contra los derechos humanos durante el conflicto armado interno. Pretenden con ello favorecer a los senderistas presos por terrorismo. Amnistía es amnesia e impunidad, es borrón y cuenta nueva. Se trata de una medida que toda la legislación global en materia de derechos humanos rechaza con razón. Sobre la base de políticas de olvido y suspensión de la justicia no puede edificarse una sociedad libre e inclusiva. Una verdadera reconciliación exige honrar el derecho a la verdad y a la justicia que demandan las víctimas de la violencia. Esta es una crítica que alcanza no sólo al radicalismo de izquierda, sino también a la extrema derecha, hoy tan proclive a considerar un inaceptable indulto a Fujimori como objeto de negociación política; tal parece que la práctica antidemocrática del culto a la personalidad del líder va más allá del signo ideológico de los adeptos.

Si creemos en la justicia, en su capacidad de regular nuestra vida en común, debemos cerrar filas ante este tipo de proyectos. Ni olvido ni impunidad en materia de derechos humanos. Estamos hablando de la vida y de la dignidad de los peruanos más vulnerables, quienes fueron víctimas de crímenes terribles.  Para evitar que situaciones así se repitan debemos hacer memoria, y tenemos que librar una batalla ética y política para desenmascarar la doctrina y las prácticas de quienes desataron la tragedia más cruenta que enlutó nuestro país.  


(Aparecido en Ideele Nº 270)



[1] Doctor en filosofía por la Universidad de Comillas. Profesor de la UARM y de la PUCP. 

sábado, 6 de mayo de 2017

LA MUERTE DE SIGFRIDO







Gonzalo Gamio Gehri


Es preciso continuar la narración de la historia de Sigfrido allí donde la había dejado hace un tiempo. Pasaron años desde que un invisible Sigfrido había ayudado al rey Gunther a lograr la mano de la valkiria Brunilda. Esta gesta había generado a su vez que Sigfrido conociese a la bella Crimilda – hermana de Gunther -, a la que dedicó un amor tan invulnerable y poderoso como la piel revestida con la sangre mágica del dragón. Luego de un tiempo apacible en su patria, Sigfrido y Crimilda volvieron a Worms. Un destino sombrío fue abriéndose paso en su vida.

Brunilda se había convertido en una reina intransigente y furibunda, y no tardó en tener desavenencias con la propia Crimilda. En una de estas terribles discusiones, Crimilda le revela que fue Sigfrido – y no Gunther – quien realmente venció a Brunilda en las pruebas de Islandia. El frío corazón de la valkiria se tiñó de sangre y pidió a los suyos la cabeza de Sigfrido. Con la anuencia de Gunther, fue su tío Hagen de Tronje quien se ofreció a asesinar a Sigfrido. Organizaron una cacería en el bosque para cometer este crimen. El obvio problema era que el héroe, al vencer al dragón, se había bañado en su sangre y se había vuelto invulnerable. Sin embargo, recordaban que Sigfrido había dejado un punto sin que la sangre de Fafnir lo tocase. Con engaños, Hagen consiguió que su sobrina Crimilda le revelase el lugar de aquel punto, y que incluso bordase en la casaca de Sigfrido una pequeña cruz en ese lugar.

Aquella mañana Crimilda se despidió de Sigfrido con un mal sentimiento, con mucho temor. Encomendó a Sigfrido a los cuidados de su hermano y de su tío. La última sonrisa de la pequeña  Crimilda jamás se borró de la mente de Sigfrido en aquel día fatídico. El resto del día el héroe y los burgundios se dedicaron a cazar jabalíes. Al atardecer, Hagen se propuso cumplir con la orden de los reyes. Una vez que Sigfrido bajó del caballo para divisar a su presa, Hagen supo que era el momento. A esa corta distancia, la cruz que se elevaba en la espalda del héroe, entre los omóplatos, era un blanco fácil. Allí arrojó su lanza.

Sigfrido sintió que la vida se le escapaba por la herida causada por el golpe traicionero de Hagen. Se dio cuenta que esta era su hora final. Muchos pensamientos cruzaron su mente. Pensó en su batalla con Fafnir, en la tibia sangre del dragón, y en toda la gloria de ese día. Pensó en los brillantes ojos negros de Crimilda y en el profundo amor que le profesaba; hubiera querido conocer todas las etapas de su vida. Pensó en todas las hazañas que le quedaban por realizar. En su reino y su legado. Hizo el intento de volver a empuñar la reluciente espada, presentar batalla. Quiso ponerse en pie, pero era tarde ya. 

El manto de la más espesa noche cubrió Worms, y el canto de los negros cuervos lamentó por doquier la muerte de Sigfrido. Los habitantes de la región dicen que todavía pueden escucharse esos terribles graznidos en aquel lugar.





martes, 2 de mayo de 2017

DIEZ AÑOS...





Gonzalo Gamio Gehri

El  mes pasado este espacio ha cumplido diez años de vida. Este blog ha significado muchas cosas para mí en todo este tiempo; ha sido un espacio de reflexión, de preparación de textos académicos, y también un espacio de catarsis, Temas de ética, filosofía política, religión, cine, actualidad política y literatura han sido objeto de examen. Agradezco a los lectores y comentaristas – de todas las vertientes intelectuales e ideológicas – que me han acompañado en estos años.

Curiosamente, los posts de literatura han sido los más consultados. La leyenda suiza que narra la historia de amor entre el caballero y la princesa Alba, una historia que he intentado reproducir siguiendo una tradición de Berna sobre los orígenes de la flor Edelweiss como emblemática de la Confederación Helvética. La reflexión sobre el conflicto trágico de Antígona ante la ceguera de Creonte. Los estudios breves sobre las especies de la justicia en Aristóteles y los principios en Rawls han sido leídos con regularidad también.


Pero este ha sido un escenario para la expresión de ideas tanto como de motivaciones, afectos y vivencias. Ha sido un locus de expresión personal, no únicamente un taller de edificación de ensayos filosóficos o textos de análisis político y crítica cultural. Una vez por semana he plasmado aquí algunas de las ideas que en ocasiones configuraron investigaciones ulteriores, o se convirtieron en intuiciones para desarrollar luego. Otras veces he escrito notas pequeñas sobre actualidad política, poesía o cine. He procurado hacer de esta página un lugar de intercambio de ideas y argumentos. Espero que haya sido así.

miércoles, 26 de abril de 2017

EN TORNO A LA PROPUESTA DE INDULTO: ¿NEGOCIANDO IMPUNIDAD?








Gonzalo Gamio Gehri

¿Qué está pasando en el Perú que diversos funcionarios del gobierno están sacando a la luz el tema del indulto a Alberto Fujimori?  Todo comenzó con la alusión del propio Presidente a la necesidad de “voltear la página” en clara alusión al fujimorismo. Parece haberse diluido la memoria de los crímenes que cometieron Fujimori y Montesinos. Se escucha por doquier la palabra “reconciliación” usada sin trasfondo alguno y como sinónimo de impunidad.

Hay quienes plantean que una medida como ésta favorecería el incuestionable conflicto al interior del fujimorismo. Los ‘keikistas’ no encuentran ningún aspecto positivo en esta decisión, pues verían debilitado el liderazgo de la ex candidata; los “albertistas” estarían accediendo a su objetivo máximo, liberar al ex presidente. Los más ingenuos consideran que ambas fuerzas podrían contrarrestarse mutuamente. No lo creo. No es difícil imaginar al fujimorismo reagrupándose tras el ocaso de algunos liderazgos de coyuntura, como los de quienes conforman la dirección de Fuerza Popular.

Considero que debemos trascender esos cálculos y no descuidar algunas cuestiones de principio. La prisión de Fujimori tiene un contenido simbólico trascendental. Significa que aunque alguien sea poderoso tendrá que responder ante la justicia si viola derechos fundamentales. Esta condena ha quebrado un cerco de impunidad que protegía a la “clase política” durante muchos años. Un indulto sería una grave señal para la justicia, una derrota para el régimen democrático. Fuera de un indulto humanitario por estado grave de salud del reo – justificado con evidencias ante una comisión de especialistas -, no cabe una medida como esa.

“Voltear la página” no es una buena idea si queremos honrar la memoria en torno a la injusticia en el Perú.  Se trata de erosionar el trabajo de la justicia y la conciencia cívica en materia de derechos humanos. Una democracia no se edifica sobre la base de la imposición de la impunidad y la condescendencia a cambio de favores políticos. Que se use la noción de “reconciliación” para legitimar esa clase de arreglos resulta inaceptable. El gobierno debería pensar en el funesto precedente que podría establecer en materia de lo que se puede someter a negociación política.



martes, 18 de abril de 2017

UNAS DECLARACIONES INACEPTABLES








Gonzalo Gamio Gehri

Las declaraciones de Justiniano Apaza sobre los comandos Chapín de Huantar y sobre el MRTA son lamentables e injustas. Ha señalado que los comandos no son héroes y ha deslizado la idea de que los subversivos condenados por terrorismo son “presos políticos”.  Tales expresiones provocan vergüenza.  El Congreso propone declarar a los comandos Chapín de Huantar “héroes de la democracia” y esta ha sido la infeliz respuesta del legislador del Frente Amplio.

Una cosa es sostener que debería proseguirse con las investigaciones acerca de si existieron ejecuciones extrajudiciales durante el operativo y tomar en cuenta las indagaciones de los tribunales internacionales de derechos humanos, para llegar a conclusiones acerca de si se cometieron crímenes y operaron grupos de aniquilamiento con conocimiento de las autoridades. Otra cosa es desconocer la labor de quienes cumplieron su deber en el desarrollo de una estrategia exitosa que salvó la vida de personas que habían sido tomadas como rehenes. El argumento del congresista no consistió en objetar el nombre de la distinción – “héroes de la democracia” -, pues no eran tiempos en los que existía democracia en el Perú (“héroes de la pacificación”, sería más riguroso); se descalifica la acción meritoria de los comandos.

Quien recuerde lo sucedido en el país durante el conflicto armado interno, conocen los documentos de la época y han leído el Informe Final sabe que el MRTA fue un grupo que practicó actos de terrorismo en los que se ejercía suma crueldad. Los casos de secuestro son escalofriantes. Las declaraciones de Apaza deben ser rechazadas por la ciudadanía, dada la ignorancia y el prejuicio que las anima. La actitud irresponsable - además de injusta - del parlamentario sólo alimenta los prejuicios y el espíritu macartista del conservadurismo mediático y político; nutre la imagen caricaturizada de una izquierda cívicamente miope e indulgente con el terror.  Una izquierda que no deseamos para nuestra sociedad.

Este tipo de expresiones perjudican severamente a la izquierda peruana, pues revelan tozudez, ceguera ideológica, mezquindad y desconocimiento. Es penoso que un parlamentario del Frente Amplio carezca de la lucidez y del juicio informado que requiere un político responsable. Ese tipo de convicciones no son compatibles con las ideas de una perspectiva progresista (tanto liberal como socialista y socialdemócrata) que el Perú requiere para fortalecer la democracia en nuestro país.


UNA BREVE ENTREVISTA SOBRE LA PHILÍA


Gonzalo Gamio Gehri


Hace unos meses, Punto Edu me hizo una entrevista sobre cómo se ha concebido el amor y la amistad en la filosofía y la literatura a lo largo de la historia. Un tema importante a considerar es si ese concepto del amor y de la amistad puede mantener su vigencia en el presente. Aquí está el enlace de la entrevista.

viernes, 14 de abril de 2017

ACERCA DE CRISTIANISMO Y POLÍTICA








Gonzalo Gamio Gehri

Hoy es Viernes Santo, una fecha crucial para los cristianos. Una fecha que – al menos en principio – tiene que ver con el dolor y la muerte. Pienso en el sufrimiento de las personas, y en las personas queridas que he perdido. Es una fecha que nos remite a las heridas del cuerpo y del alma de tantos seres humanos.

Son días que mueven a la reflexión, no sólo a los cristianos. Además de la fuerza simbólica de la cultura cristiana en occidente, uno se pregunta si se ha comprendido a cabalidad – en una perspectiva política – la importancia del principio de laicidad en una democracia liberal.  El Estado permanece neutral ante las cuestiones religiosas, pues su función consiste en la protección de las libertades y derechos de cada ciudadano, entre ellos el de creer o no creer. El Estado garantiza el trato igualitario de todos los agentes, y combate toda forma de discriminación, incluyendo aquella basada en el credo.

Este principio liberal no sugiere que la religión sea un asunto de relativa importancia. Todo lo contrario: porque se trata de un asunto de profunda importancia para la vida de las personas, debe ser abordado en condiciones de estricta libertad. Tampoco se trata de un asunto exclusivamente privado; la cuestión del sentido de la vida y el tema del espíritu constituyen consideraciones de interés social, corresponden a las iglesias y a las instituciones de la sociedad civil. Pueden tener relevancia pública en tanto puedan traducirse al lenguaje de los derechos (la “estipulación” de Rawls), como en el caso de la gesta de los derechos civiles y el discurso de Martin Luther King Jr.

Esta medida se propone consolidar un régimen político basado en la libertad y la igualdad bajo un ethos democrático. No aspira a confinar a los cristianos a “las catacumbas”, como sesgadamente alega un columnista. Esa suposición es absurda y revela desconocimiento sobre el problema de la separación entre la política y la religión. Los cristianos podemos dedicarnos a cultivar nuestras creencias en nuestras comunidades, y meditar sobre nuestras visiones de la justicia y la trascendencia. Podemos pronunciarnos sobre lo público en la medida en que nos expresemos con argumentos que todos los ciudadanos podamos entender, evaluar y someter a crítica sin cortapisas en los foros políticos. Es que el espacio público es un escenario en el que nos podemos interrogar sobre asuntos de significación común sin obstáculos. La religión tiene un lugar importante en una sociedad moderna, pero su locus propio no es el Estado.


miércoles, 5 de abril de 2017

EL AUTOGOLPE DEL 5 DE ABRIL Y SU NEFASTO LEGADO











Gonzalo Gamio Gehri

Hace veinticinco años tuvo lugar el cuestionable e infortunado autogolpe perpetrado desde el régimen de Fujimori y Montesinos. Fujimori cerró el Congreso de la República – entonces conformado por dos cámaras -, e intervino el poder judicial y el ministerio público. La separación de poderes, un elemento esencial para preservar la salud de un régimen democrático, se quebró. El daño producido a las instituciones y al ejercicio de las libertades políticas fue enorme y todavía podemos reconocer sus efectos nefastos en diferentes escenarios de la vida pública. Se impuso la antipolítica y la conducción autoritaria del país favoreció la corrupción y las violaciones de derechos humanos.

Efectivamente, el golpe de Fujimori contribuyó al envilecimiento de la sociedad peruana.  Consolidó una cultura autoritaria, promovió el célebre mito de “roba pero hace obra”, instituyó un estilo de gobierno basado en la prepotencia y el control de las instituciones.  Las votaciones del Congreso se decidían desde el Servicio de Inteligencia Nacional a través del beeper. Se compró a la prensa y se intentó desde ella difamar y amedrentar a los políticos opositores al régimen. Se usó el avión presidencial para trasladar cocaína. Se cocinaron procesos electorales fraudulentos. El escenario se fue tornando sombrío; los fujimoristas intentan justificar el golpe y legitimar diez años de dictadura y corrupción, pero no se puede soslayar lo que es evidente. Los hechos son incontestables.

Hoy los medios de ultraderecha – incluidos aquellos portales pro-mineros y paleo-conservadores – pretenden defender lo indefendible. No les cuesta trabajo alterar la historia recurriendo a burdos disfraces. El propio ex dictador pretende legitimar sus oscuras acciones indicando que “sólo se pueden hacer tortillas rompiendo huevos”. Por supuesto, él es el prepotente cocinero. Los peruanos fuimos los huevos rotos: algunos perdieron la vida, otros vieron recortadas sus libertades, otros fueron testigos de cómo el funesto fujimorato depredó el tesoro público y minó la institucionalidad en el país. Esa metáfora resulta siniestra y evidentemente autocrática. Sus palabras lo delatan.














domingo, 26 de marzo de 2017

100 AÑOS….



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Gonzalo Gamio Gehri


La Pontificia Universidad Católica del Perú ha cumplido un siglo de vida. Desde hace décadas, la PUCP se ha convertido en un foco de irradiación del pensamiento crítico y el pluralismo. Es una comunidad de investigación dedicada al cuidado del saber científico y las artes, el diálogo entre la razón y la fe, así como al estudio del Perú, de sus problemas y caminos posibles hacia el desarrollo integral, la justicia y las libertades políticas.

El viernes 24 se celebró este primer siglo de existencia con una lección inaugural impartida por Gustavo Gutiérrez, profesor emérito de la PUCP y padre de la teología de la liberación, contando con la presencia del Presidente de la República, el cardenal  Giuseppe Versaldi – nuestro nuevo Gran Canciller, quien además leyó una comunicación enviada por el Papa, saludando a la Universidad -, el Rector, los Vicerrectores y un auditorio compuesto por trabajadores, profesores y alumnos de la PUCP. Antes de la lección inaugural, nuestro Gran Canciller ofició una Misa, que contó con la colaboración de numerosos obispos y los teólogos de nuestra Casa de estudios, que han vuelto a las aulas. Tanto Gustavo Gutiérrez, como el cardenal Versaldi destacaron la convergencia entre el cultivo del pluralismo intelectual y ciudadano y el cuidado de una fe cristiana abierta al diálogo.

En los años transcurridos, primero como estudiante y luego como profesor de la PUCP, he sido testigo del serio trabajo de sus profesores e investigadores, de la preocupación por las personas – especialmente los grupos más vulnerables de la sociedad -, la disposición a escuchar argumentos diferentes, una inquietud permanente por la verdad y por el logro de la justicia, la disciplina del concepto y la búsqueda de consensos basados en el uso de la razón. En las aulas encontramos un amplio abanico de perspectivas sobre la vida pública: liberales, socialistas, libertarios, socialcristianos, socialdemócratas, liberales conservadores, etc. Cada una de estas perspectivas es bienvenida en un espacio de libertad académica y tolerancia en la que se trabaja con el argumento y con la evidencia. Sus estudiantes, egresados y académicos cultores de todas aquellas visiones del mundo y de la sociedad se sienten orgullosos de pertenecer a esta ‘sociedad profética’, para usar la expresión de un antiguo Rector.

La PUCP ha salido adelante enfrentando situaciones difíciles. Hoy es reconocida por los rankings locales y por el juicio de la opinión pública como la Universidad más prestigiosa a nivel nacional. La Universidad y la Santa Sede han logrado un acuerdo “consensuado y definitivo” que honra la autonomía y la estructura democrática de la PUCP en un marco de diálogo permanente con la Iglesia. El trasfondo de este acuerdo está marcado por el servicio que la PUCP ofrece al país y a la Iglesia. El sentido de fraternidad y la alegría, presentes en las acciones y los discursos del padre Gutiérrez, del Rector y de  las autoridades eclesiásticas – así como el iluminador saludo del Papa Francisco -  ponen de manifiesto la común vocación por la verdad, el trabajo fraterno y el pluralismo. Una institución académica comprometida con la democracia, los derechos humanos y con la búsqueda del saber. Un feliz centenario a toda la comunidad universitaria..



miércoles, 15 de marzo de 2017

LAS EXIGENCIAS DE LA JUSTICIA, LOS CONTEXTOS Y EL PASO DEL TIEMPO.


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ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE EL PERÚ Y EL “PLAN CÓNDOR”



Gonzalo Gamio Gehri[1]


1.-  La justicia, nosotros y el “Plan Cóndor” [2].

El 17 de enero último, un tribunal de Roma condenó a cadena perpetua al ex Presidente de facto del Perú, Francisco Morales Bermúdez, junto al ex ministro Pedro Richter Prada y al general del ejército Germán Ruiz Figueroa, además de cinco militares retirados de diversos países de América del Sur, acusados de colaborar con el llamado “Plan Cóndor” cuyo ejercicio implicó la eliminación de un grupo de ciudadanos argentinos de ascendencia italiana.  La noticia ha causado reacciones diversas en los espacios de opinión pública locales.

El “Plan Cóndor” era un operativo de inteligencia coordinado por un grupo de dictaduras militares sudamericanas durante los años setenta, consistente en la captura, tortura, eliminación y desaparición de miembros de grupos insurgentes y de políticos opositores a estos regímenes (recuérdese el caso Letelier en Chile). Aunque el régimen militar del Perú no era un “miembro fundador” del siniestro “Plan Cóndor”,  existen indicios contundentes de que él gobierno de Morales Bermúdez colaboró con esta operación. En cuanto a los hechos vinculados al caso que ha sido materia de juicio, se señala que los disidentes argentinos fueron capturados por agentes del ejército peruano para luego ser llevados a Bolivia. Nunca se supo más del paradero de esas personas. En esto coinciden asimismo las investigaciones del periodista norteamericano John Dinges y las del peruano Ricardo Uceda, autor del libro Muerte en el Pentagonito.

La noticia de la condena de Morales Bermúdez ha sido recibida con frialdad – sino con abierta irritación – por la prensa conservadora, aquella que precisamente se ha propuesto debilitar cualquier espacio para la reconstrucción de la memoria como condición para el logro de justicia para las víctimas de la violencia. Los argumentos bosquejados han sido muchos. La supuesta primacía de la “soberanía nacional” frente a cualquier exigencia de justicia global, aún en materia de derechos humanos. La presunta vocación de la ‘segunda fase’ del gobierno militar por el retorno a la democracia, en contraste con las restantes dictaduras de la región, que aspiraban a mantenerse en el poder. Se ha aludido también a la avanzada edad del ex gobernante.  Se pretende impedir que Morales Bermúdez, Richter y Ruiz asuman su responsabilidad frente a la comisión de delitos graves contra la vida y la libertad de los seres humanos.

Esta reacción no sorprende. Hace cerca de diez años, cuando se supo que el caso sería objeto de una estricta investigación legal por parte de autoridades italianas, y que la responsabilidad penal de Morales Bermúdez sería sometida a discusión, el entonces Presidente García, el entonces ministro de defensa Flores Aráoz y otras personalidades (incluyendo alguna autoridad religiosa) se pronunciaron en contra de lo que percibían como una injerencia extranjera en asuntos nacionales, en la medida en que los hechos investigados presuntamente ocurrieron aquí e involucraban a compatriotas.  Lo que se hacía evidente a partir de estas y otras declaraciones era que un sector significativo de nuestros políticos, eventuales funcionarios públicos y autoridades no estatales no alcanzaba a comprender – o no quería comprender – lo que significa el imperio de los derechos humanos en el mundo contemporáneo, así como el universalismo moral que le subyace; universalismo que constituye un signo de civilización y de decencia pública.

2.- La trascendencia de los derechos humanos y el trabajo ético - político de la memoria.

Comienzo haciendo algunas pequeñas precisiones. Aquí no se trata de debatir en qué medida el ex mandatario haya dejado el poder impulsando un proceso de transición democrática en medio de una aguda crisis socioeconómica y política. O si existía o no  alguna afinidad ideológica entre la dictadura peruana y los feroces regímenes militares de la región. Tampoco se trata de discutir cómo se aplica una pena severa en materia de derechos humanos a una persona de edad avanzada, en el marco de la atención y el respeto de sus condiciones de salud. Hay una cuestión de principio, vinculada a la observancia universal de los derechos humanos, así como a la imprescriptibilidad de los delitos que los lesionan.

Así es. El modelo de justicia implícito en la defensa de los derechos humanos se propone trascender los espacios nacionales y el tiempo para cuidar de las personas, concebidas como seres intrínsecamente valiosos. Los derechos humanos constituyen herramientas sociales cruciales para proteger la dignidad, las libertades y el acceso al bienestar de los individuos, todos ellos bienes esenciales para llevar una vida plena. La idea es que no podemos negociar el valor de las personas, que ellas no pueden convertirse en simples “costos” en relación a la búsqueda de un objetivo supuestamente “superior”, el que fuere. No constituyen variables de cálculo utilitario. No existe meta superior para una democracia liberal que el respeto de los derechos y las libertades básicas de los individuos.

¿Quién garantiza este respeto? Por mucho tiempo, la respuesta fue exclusivamente “el Estado”, pensado como el encargado de hacer cumplir la ley y regular la vida social. Ordinariamente, es la entidad que cumple estas funciones, y las cumple bien en la medida en que se estructure conforme a las exigencias de una democracia constitucional  y cuente con la supervisión crítica de sus ciudadanos. Pero también hemos tenido la terrible experiencia de Estados que violan la legalidad y reprimen las libertades o vulneran la vida de sus pobladores y de ciudadanos extranjeros. Los Estados totalitarios han desarrollado diversas estrategias para acabar con individuos o con grupos de personas que consideraban incómodos, peligrosos o simplemente prescindibles para el tipo de sociedad que pretendían diseñar e imponer.

El caso de la Shoá perpetrada bajo el nazismo constituyó un hito en la configuración de la cultura de los derechos humanos y la forma cómo ésta debía sobrepasar las fronteras nacionales para cumplir con su propósito de proteger a los individuos en condiciones de indefensión y vulnerabilidad. La prioridad es la defensa de las víctimas, así como el combate y la prevención de delitos contra estos derechos. Con el tiempo, se ha construido alrededor del lenguaje y el sentido práctico de los derechos humanos una compleja y sólida red de instituciones y tribunales internacionales que hacen posible que personas que hayan visto conculcados sus derechos puedan denunciar a su propio Estado y a sus funcionarios si son responsables de lesión o recorte de los mismos -, para lograr justicia y reparación. De tal modo que personas que desde el ejercicio del poder han violado derechos humanos puedan ser procesados y justamente sancionados. No importa cuánto años hayan pasado, el tiempo no puede ser causa de impunidad. La captura de Pinochet a fines de los años noventa apuntó en esta dirección. La reciente  condena de Morales Bermúdez por un tribunal romano responde a una situación similar.

Pese al tiempo transcurrido, las víctimas de estos crímenes siguen luchando por ejercer su derecho a conocer la verdad de lo sucedido con sus seres queridos torturados, asesinados y desaparecidos durante una época de represión y terror. Ellas asimismo  invocan su derecho a lograr justicia, la cual que implica el castigo de los perpetradores y el resarcimiento de quienes padecieron injustamente un terrible daño físico y psicológico. Esta es una importante lección ética y política que es preciso recoger e incorporar a nuestro modo de pensar y vivir la justicia transicional. El trabajo de la memoria acerca de la violencia vivida y el cultivo de la justicia no sólo benefician a las víctimas y a su entorno, sino que contribuyen a mejorar nuestras diversas comunidades, en la medida que nos ayudan a establecer políticas de no repetición. Esta clase de procesos y decisiones nos recuerdan que el corazón de la cultura humanitaria es la idea moral de que no existen muertos ajenos. Todos son nuestros muertos, más allá de su condición y origen, y todos merecen que se les haga justicia.




[1] Doctor en filosofía por la Universidad de Comillas. Profesor de la PUCP y la UARM.
[2] Aparecido hace varios días  en Ideele Nº 267.

sábado, 4 de marzo de 2017

UNOS EXTRAÑOS DISCURSOS







Gonzalo Gamio Gehri


Hoy se llevó a cabo la marcha Con mis hijos no te metas. Se esperaba que convocara a una buena cantidad de asistentes. Desde hace mucho tiempo se ha podido constatar que muchos de los activistas de esta campaña – incluyendo los que alzan la voz en la calle, los que llevan las pancartas, etc. – no están enterados de lo que está en discusión, más allá de recitar slogans contra el programa escolar basados en el prejuicio y la ignorancia. Lo curioso del asunto es que muchos de los “oradores” de la tarde han aderezado discursos que ostentan no solamente torpeza y absoluto desconocimiento sobre estos temas, sino incluso falsedades y mera violencia. Desde señalar cosas absurdas como que “el gobierno quiere homosexualizar al país”, hasta atribuir a desastres naturales ocurridos en la región una motivación “moral” y “espiritual”; el rechazo del Ser supremo de la prostitución y la homosexualidad., o por aprobar el matrimonio igualitario. Revisen este enlace  (ver los videos).

El asunto es sencillo. La iniciativa del Estado en materia educativa se propone cimentar la igualdad de derechos, libertades y oportunidades en materia de género en un país en la que prácticamente no existe todavía una educación sexual razonable, un país en el que impera mayoritariamente el machismo, en el que son frecuentes los embarazos prematuros, la agresión contra las mujeres de temprana edad, incluso constituyen un problema grave los crímenes de odio por temas de género y orientación sexual. Edificar una sociedad democrática implica sentar las bases de la justicia en materia de género y el respeto por las diversas identidades. Esta iniciativa pedagógica ha sido saludada por la Organización de las Naciones Unidas y otras instituciones.

Pero un conjunto de movimientos ultraconservadores – algunos católicos, otros protestantes – han decidido tergiversar este tema, acuñando el término “ideología de género”, infundiendo la idea de que el currículo pretende confundir a los niños en materia de sexualidad, promoviendo la homosexualidad, y disparates de este tipo. Buscan sustituir el término “género” – una categoría socio-cultural – por el de “sexo” – que es biológico -. Lo acaba de indicar J. L. Cipriani. Pero “sexo” y “género” son cosas bien distintas. El sexo está determinado por la genitalidad y la disposición cromosomática. Uno nace varón o mujer por supuesto, independientemente de la orientación sexual. Pero el género – lo “masculino” y lo “femenino” – se construye socialmente. Lo que se espera de “lo masculino” y “lo femenino” no es invariable. En muchas culturas, sólo por poner un ejemplo no controversial, no se esperaba que una mujer fuese a la guerra o interviniera en la política. La cultura liberal se ha comprometido con la igualdad y la libertad en estos asuntos tan cruciales. La justicia entre los géneros es un asunto muy importante para la consolidación de la vida democrática. Desde una clave epistemológica, es una categoría crucial en las humanidades y las ciencias sociales.

Pero estos grupos de ultraderecha han fundado incluso un movimiento, “Peruanos por la igualdad” (?). Han proferido una serie de despropósitos sobre el gobierno, las izquierdas, la democracia, la igualdad. Una antología de lo absurdo e injustificado. Su vocero, Martín Santiváñez, sugiere que no debemos escuchar a los organismos internacionales que tratan estos problemas. Juzguen ustedes mismos leyendo en esta página. El hecho es que muchos grupos de ultraderecha pretenden dictar la política pública. Es una lástima que en lugar de realizar un debate sobre el tema recurriendo a evidencias y argumentos, estos grupos hayan optado por la agitación y la propaganda. Por eso esta clase de colectivos, cuando pretenden influir en el mundo del pensamiento, no suelen realizar este propósito desde el trabajo de las razones (véase la preocupación de Caviglia sobre la probable incursión del Sodalicio en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas y sus estudios humanísticos).

Sustituir el término “género” por otro, o anularlo, sería nefasto desde el punto de vista del pensamiento crítico tanto desde el punto de vista de la existencia social. Queremos vivir en una sociedad dialogante y tolerante, sin discriminación ni violencia porque algunos estilos de vida no los aceptemos por prejuicio e intransigencia. A algunos sectores les altera que se sostenga algo tan obvio como que nuestra identidad personal (el Quién soy yo) se construya a través del tiempo. Después de todo, se trata de la trama de nuestras vidas. Se siente mucho temor a lo que es diverso. Eso no es nada sano, ni tampoco justo, aunque se trate de una actitud que enarbolen miles de seres humanos.   













martes, 21 de febrero de 2017

SOBRE EL INTEGRISMO “RENOVADO”





Gonzalo Gamio Gehri

Hoy concluí mis clases de verano en Estudios Generales Ciencias. La última parte de las clases se concentró en el libro de Richard J. Bernstein El abuso del mal. Allí el autor discute el discurso de la derecha norteamericana después del 11 de Septiembre, sumamente influido por el integrismo religioso y político, que tiende a demonizar y caricaturizar a sus enemigos, dificultando el combate que se ha entablado por ellos. George W. Bush decía recibir el consejo divino para tomar decisiones bélicas en el contexto de una “guerra santa”. El libro sostiene que esa actitud socava el espíritu democrático norteamericano, presente en el magisterio de los padres fundadores, en la primera Constitución y en el legado de los filósofos pramatistas, promotores de la deliberación práctica y el falibilismo.

Uno de los elementos más interesantes de esa investigación reside en la historia de la formación de la Nueva derecha cristiana – durante los años setenta y ochenta – y, como un movimiento suyo, la  llamada Mayoría Moral, un grupo ultraconservador formado por el integrismo protestante y un sector de la ultraderecha católica.  Ella buscaba recuperar la idea de un Estado dibujado desde los cánones del cristianismo más conservador, particularmente en las áreas de salud y educación. En el libro, Bernstein reseña los trabajos de Steve Bruce sobre este tema.  

Resulta interesante  constatar la forma en que estos grupos diseñaron un enemigo fundado en la simplificación y el prejuicio: se inventaron un “humanismo secular” que suscribía a la vez el “relativismo”, el aborto, el ateísmo y una serie de creencias a la carta del conservador. Una perspectiva inexistente a la medida de sus campañas. Me pregunto si esa experiencia ha sido llevada al Perú de alguna forma.  Es difícil evitar comparar la prédica rancia de la Mayoría Moral con los grupos conservadores que se movilizan contra el MINEDU y otras instituciones pedagógicas y científicas en relación con la igualdad de género. Sustituyan el “humanismo secular” por “la izquierda” o “ideología de género” y se harán un retrato bastante claro sobre el discurso y las estrategias de estos grupos. La idea central – que “existe una minoría poderosa que quiere imponer su agenda a la mayoría” – está prácticamente calcada de más de un discurso de la Nueva derecha cristiana.  El ideario básico – “provida”, “pro-moral” y “pro valores patrióticos” – también está presente en el lenguaje de la Mayoría Moral.  Las reflexiones de Bernstein y las de Bruce son interesantes en lo que respeta a la forma de cuestionar a estos movimientos. Una vez más el recurso al falibilismo puede ser muy útil.










viernes, 10 de febrero de 2017

LA ESTIGMATIZACIÓN DEL OTRO




Gonzalo Gamio Gehri[1]


A pocos días de iniciado su mandato como Presidente de los Estados Unidos, Donald Trump ha decretado un veto migratorio contra siete países que cuentan con mayoría musulmana. La medida se propone en el contexto de la lucha contra el terrorismo. La fiscal general en funciones, Sally Yates, anunció que el Departamento de Justicia norteamericano no defenderá este polémico decreto, pues recae sobre él la sospecha de ser ilegal. Por emitir estas declaraciones, Yates fue removida de su cargo el último lunes 30 de enero.

No pocas personalidades políticas y especialistas en la materia, tanto locales como extranjeros, se han pronunciado públicamente en contra de esta decisión. Impedir el ingreso al país de personas en razón de su origen cultural, nacionalidad o religión constituye una forma de discriminación incompatible con el espíritu de la constitución estadounidense; se trata de una medida que además contraviene los principios básicos de la cultura de los derechos humanos. Esta decisión entraña una penosa forma de estigmatización de las personas, en tanto se identifica de manera injustificada la profesión de fe en el Islam con la posible práctica de actos terroristas, o con la afinidad con quienes los cometen. Esta nefasta práctica prospera en tiempos en los que sus usuarios promueven la ignorancia y el temor en un sector de la ciudadanía. Se confunde así el cultivo de la religión musulmana con el integrismo y con el ejercicio de la violencia.

Estigmatizar es marcar a alguien como objeto de desprecio y tratos crueles a causa de su pertenencia a un grupo social discriminado. La estigmatización supone la construcción de una imagen falsa y destructiva de la persona y de la colectividad, una imagen que mina su libertad y las expone a la violencia. El estigma se convierte en el único esquema interpretativo desde el cual el individuo y el grupo son descritos y evaluados, anulándose la posibilidad misma de conocerlos en profundidad y sin prejuicios. En el caso señalado, se hace abstracción de los notables aportes de la cultura islámica al desarrollo de las ciencias y de las artes, así como la contribución de los reinos de Al Andalus al cuidado de la tolerancia religiosa en sus dominios. Para quien orienta su vida desde el prejuicio, lo que importa es sindicar a todo creyente musulmán como un fanático, un enemigo.

La estigmatización es una herramienta para la deshumanización de las personas. La cultura democrática y el sistema de derechos ofrecen elementos de juicio y de práctica para combatirla, en la medida en que fundan sus instituciones y normas en la idea de dignidad y en el principio de autonomía. Se combate la idea de que existen religiones, culturas y estilos de vida que son intrínsecamente perniciosos y perversos, y que se pueda llegar a esta discutible conclusión sin esforzarse por conocer estas formas de pensar y de vivir, y discutir con ellas recurriendo a argumentos. Con frecuencia, grupos políticos y religiosos que se pronuncian en contra de las políticas de diversidad en materia de cultura y de género, invocan el principio de tolerancia para proponer que se admitan sus puntos de vista en la esfera pública. Como la filósofa norteamericana Nancy Fraser ha argumentado en un reciente escrito, tal invocación equivale a solicitar el “derecho” a excluir a otros grupos cuyos modos de pensar y vivir en verdad menosprecian. La autora señala que se trata de un alegato conservador completamente inaceptable. Una sociedad democrática no acepta la discriminación ni tolera la intolerancia. Y hace bien al conducirse así.

La estigmatización es causa de injusticia contra seres humanos concretos en circunstancias concretas. Pretender conducir la vida pública y guiar la política migratoria a partir de etiquetas falsas y destructivas resulta funesto para una sociedad democrática. Si queremos respetar la dignidad y la libertad de los individuos, debemos acercarnos a ellos procurando escuchar con atención lo que tienen que decir acerca de sus identidades, convicciones y aspiraciones. De otro modo, no podremos comunicarnos ni interactuar genuinamente en un marco ético-político de respeto y reconocimiento recíproco.


(Publicado La Periferia es el Centro)




[1] Doctor en filosofía por la Universidad de Comillas. Profesor de la PUCP y la UARM.

miércoles, 8 de febrero de 2017

¿’TODOS CORRUPTOS’?








Gonzalo Gamio Gehri


Los primeros resultados de la investigación sobre el caso Odebrecht que involucran al ex presidente Toledo resultan particularmente inquietantes. Un colaborador eficaz del caso habría revelado la recepción de una coima de varios millones de dólares. Se especula acerca de si se propondrá una orden de captura contra él en los próximos días.  Si se demuestra su culpabilidad, Alejandro Toledo tendrá que recibir un justo castigo por sus acciones. Se trata de un final triste para quien una vez capitaneó una importante  movilización contra el régimen corrupto de Fujimori.

Se sabe cuál será el tono del discurso político de las próximas semanas: algunos columnistas aseverarán que quienes otrora dividieron el país entre “corruptos” y “guardianes de la corrección política” se ha revelado artificial porque los supuestos “pontífices de la ética de lo público” se habrísn revelado corruptos. Esta distinción es obviamente espuria, y ha sido diseñada para ser caricaturizada por sus críticos conservadores. La idea que pretenden imponer es que “todos son corruptos”, y que no tendría sentido buscar en la “clase política” a quienes no lo sean [1]. Los olmos no producen peras. Entre nuestros políticos, hemos de buscar a los más “eficaces” y a aquellos que tengan más “autoridad” y “firmeza”. Aquel que robe pero que produzca “obras”. Esa es la mirada cínica, que se pretende falsamente “realista”.

Otros simplemente identificarán el quehacer político con la comisión de delitos de  corrupción y con la búsqueda de provecho privado. Habrá que alejarse de la vida pública, y aspirar a otros bienes (el trabajo, las relaciones afectivas, etc.), para preservar una vida proba y tranquila, sostienen. Esta es la mirada escéptica, que desalienta a los ciudadanos a intervenir en la política, e incluso a fiscalizar a los funcionarios públicos.

Es probable que los fujimoristas (y también algunos apristas que desconocen los primeros escritos de su fundador), opten por la primera perspectiva. Todos están cubiertos por el mismo lodo, podrían argüir. Como la corrupción no es patrimonio de ningún partido, entonces la acusación de corrupción se convierte en un lastre llevadero; entre gitanos no se van a leer las palmas de las manos. Habrá que considerar otros talentos, como la “eficacia” y la “severidad”. La invocación a la prepotencia no es impopular en una sociedad habitada por una seductora tradición autoritaria de sólidas raíces. Ese es el discurso desencarnado. No tenemos que aceptarlo. Es hora de refundar la política en el país. No se trata solamente de renovar los liderazgos en el sistema político – en el Estado y en las agrupaciones políticas -, lo fundamental es que la ciudadanía de la voz y rechace cualquier forma de condescendencia con la corrupción, actitud por la que apuestan los políticos en actividad que han conducido el país desde la década de Fujimori hasta hoy.

Este es el desafío ético y político que se plantea a la ciudadanía. La caída de los políticos no puede socavar nuestra fe en nuestras instituciones y en la acción política. Refundar lo público no equivale a 'regenerar' el país apelando a un mero “cambio de actitud” de la “clase dirigente”. Se trata de que actuemos nosotros, dado que somosla fuente de todo genuino poder público. Seamos agentes de cambio, ciudadanos en cuanto tales. Discutamos, propongamos proyectos razonables para el país. Demos razón de nuestra condición de actores libres, capaces de transformar nuestro entorno actuando en concierto. Somos nosotros – no ellos – quienes decidimos nuestro destino como miembros de una República.




[1] Cfr. El último artículo de Salomón Lerner Febres en La República - del día 3 de febrero - en el que critica dicha idea.

lunes, 30 de enero de 2017

APUNTES SOBRE LOS DERROTEROS DEL EXTREMISMO CONSERVADOR











Gonzalo Gamio Gehri

El triunfo de Donald Trump en la campaña electoral estadounidense ha desatado la consolidación de toda una corriente ultraconservadora en el mundo con una importante proyección hacia la opinión pública. Sentimientos de un nacionalismo exacerbado, reacciones contra el enfoque de derechos y de género, incluso gestos de aprobación ante las controversiales declaraciones de Trump sobre la pertinencia de las dictaduras de Hussein y Gadafi. Se convierte en usual el desafiar lo “políticamente correcto” – incluida la búsqueda del control democrático y el respeto por los derechos humanos – a la par que elogiar la firmeza y la “autoridad” de los líderes.  Y se sienten complacidos en medio de esos extraños aires de “heterodoxia”.

Los ataques verbales a los inmigrantes – aún a aquellos que en Europa y Norteamérica han sido acogidos por razones humanitarias - y a las minorías culturales y sexuales   En el discurso paleoconservador, se apela a la recuperación de la “civilización occidental y cristiana”, pontificando a favor de sus “principios eternos” y en contra de sus enemigos; en otras versiones, se recurre a razones de seguridad. En un reciente escrito, Nancy Fraser ha señalado cómo la invocación conservadora a “ser tolerados” equivale, en el terreno de las ideas y en el ámbito de las prácticas, a solicitar se les conceda el 'derecho' a excluir a las personas y a los grupos que consideran peligrosos, inferiores o contrarios a lo que supuestamente establece el “orden natural”. Es decir, procuran trastocar el propio principio de tolerancia.

En el Perú, este discurso basado en la violencia verbal y en la inducción al miedo ha estado presente por décadas de acción política autoritaria, reacia a tomar en serio las exigencias de los derechos humanos, la democracia deliberativa y las políticas inclusivas. Con esta nueva oleada europea y estadounidense, esta clase de léxico político y agenda ha encontrado su lugar tanto en los medios de prensa conservadores como en las redes sociales, en donde han florecido “portales de opinión de ultraderecha”, espacios antiliberales o tradicionalistas comprometidos con el fujimorismo y otros grupos radicales. Como el papel lo aguanta todo, para estos espacios, la izquierda local – en todas sus versiones -  es “proterrorista” y se organiza según estrategias polpotianas, Barack Obama es un “neomarxista”. Incluso algunos extremistas acusan al actual Papa de ser una suerte de “infiltrado de la izquierda internacional”.  Estas caricaturas extravagantes están en las redes sociales de extrema derecha.

Para los “líderes de opinión” conservadores, los peores años de la corrupción fujimorista no existieron, o han sido inventados por liberales e izquierdistas en el calor de una “campaña persecutoria”. La captación fujimontesinista de los medios de comunicación se ha convertido en sólo un molesto rumor del pasado. Para algunos de los columnistas de esa esos medios, el peligro mayor de la historia de la prensa en el Perú es la acción de un hipotético “soviet caviar” (sic). Lo curioso es que los presuntos campeones del “tradicionalismo político - religioso” tampoco es que puedan exhibir grandes logros académicos o periodísticos que desafíen la supuesta “colusión progresista”. Lo suyo son las teorías conspirativas, la apologética de sus compañeros y la queja más simplona y rancia. Su invocación a la “regeneración del país” a partir de la recuperación de los valores del cristianismo preconciliar y el liderazgo de las viejas “élites” – aquellas que precisamente han estado sistemáticamente de espaldas al país y su necesidad de justicia y democracia -, al carecer de sentido crítico y densidad conceptual, se convierte en vana retórica y  en vulgar tañido de campana. Su prédica solemne y marchita se manifiesta como un mero ejercicio criollo de demagogia y falta de creatividad.